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Cuando el matrimonio Mas i Mateu inaugura casa y panadería en la calle Mayor de Gracia, va acompañado de sus siete hijos. Seis de ellos ya andan y caminan alrededor de sus padres. Teresa, la madre, de Lutgarda lleva entre sus brazos un bebé, es una niña a la que han puesto el nombre de la abuela materna, Lutgarda. La abuela es conocida familiarmente como Longarda. Su nieta pasará a llamarse en el entorno y en los papeles de familia como Lutgarda. Ella misma firmará de esa manera.

Como sucede con la biografía de personas importantes o famosas del pasado, no conocemos con exactitud la fecha de nacimiento de Lutgarda.
No nos queda más recurso que el cálculo a partir de registros civiles, libros de fallecimiento o actas notariales en que se facilita la edad del sujeto. Pero en el caso de Lutgarda, ese recurso nos da edades discordantes. Según el registro civil de difusiones de Barcelona, Lutgarda tiene 34 años cuando fallece el 9 de agosto de 1862. Según los libros de Entradas y Óbitos del convento de San Gervasio, Lutgarda tiene 30 años al comenzar el postulantado el 22 de abril de 1861 y 31 en el momento de su muerte. Por tanto, una oscilación en torno a los 3 años. Parece más creíble, por varias razones, la fuente del registro civil. Lutgarda habría nacido en o en torno al año 1828. En un caso, puede haber ido en brazo de su madre en el momento del cambio de domicilio. De otra forma, ha nacido en la nueva casa y en el ambiente de la panadería.

Desde su llegada a la calle Mayor de Gracia, los Mas i Mateo habrán pasado a ser conocidos como los de la “panadería” y Lutgarda como una de ellos. La panadería será la plataforma desde la que Lutgarda empezará a conocer el mundo que lo rodea y a tomar contacto con sus gentes.

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1. Lutgarda, inmersa en la problemática de una sociedad en transformación 

Barcelona ofrece a mediados del siglo XIX los contrastes propios de un proceso muy rápido de transformación social. Lutgarda empieza a preocuparse por los problemas de la población obrera. En la fábrica y en torno a ella, como abejas de una colmena, centenares y miles de trabajadores, hombres, mujeres y niños, malgastaban en pésimas condiciones de sus vidas sus energías para asegurarse una pobre supervivencia. Se ha abandonado el trabajo artesanal y el cambio es traumático.

Lutgarda observa que, como promedio, el salario medio de un obrero es de 2.55 reales al día. Dinero que va casi totalmente destinado a la alimentación que consiste básicamente en pan, legumbre y bacalao. Una familia formada por el matrimonio y dos hijos, gastaba, por término medio dos kilos de pan diarios. Los niños desayunaban pan y agua, los padres añadían una sardina salada. A mediodia, todos comían legumbre y pan. La cena era de pan y patatas. Y para sostener estos gastos era necesario que la mujer también trabajara.

Lutgarda observa que la situación de la clase obrera es calamitosa por su pobreza y desprotección, por las condiciones de higiene y horario de trabajo. Pero, también, por la necesidad de trabajo impide la instrucción, para la que, además, falta motivación, con lo que el obrero pierde el sentido de su dignidad y se cierra a la instrucción y promoción cultural – profesional y, también, a toda formación religiosa.

Lutgarda observa que el pueblo católico, en este m omento, no cuenta con un recurso para una adecuación adecuada de los fenómenos de la industrialización y de la lucha de clases. Se fomenta una predisposición adversa al mundo moderno (industria y democracia), y se añora la sociedad anterior, en que la Iglesia aglutinaba la sociedad. En nombre de la providencia se legitimaban las desigualdades sociales de causalidad históricas producidas por los intereses humanos y se exhorta a los oprimidos a la resignación.

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La Educación: Lutgarda observa que el problema educativo sigue sin resolver

Lutgarda, que sufre los problemas sociales de su tiempo, observa cómo uno de los acuciantes, más prioritarios, es el PROLEMA DE LA EDUCACIÓN.
Lutgarda observa los esfuerzos de los gobiernos que se suceden el poder e intuye que hay que aprovechar los espacios legales que se van abriendo a fin de conseguir que la educación llegue al mayor número posible de niños y niñas.

Lutgarda que es profunda creyente cristiana, observa y se alegra porque tras los años de prohibición de la vida religiosa y restricciones de la Iglesia en el campo educativo, la nueva legislación, sobre todo a partir del concordato entre España y la Santa Sede (1851), abre de nuevo las puertas al trabajo de la Iglesia y nuevos institutos religiosos en ese campo tan vital.

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La situación de la mujer: la situación de la mujer gran preocupación de Lutgarda.

Lutgarda ama profundamente a su familia y se desvive por todos ellos, especialmente por su madre; pero ello no le impide estar, también, profundamente preocupada por la situación de la sociedad, y sobre todo, por la situación de la mujer. Ella sabe leer y escribir, cosa que no pudo conseguir su madre, y que no ha preocupado a su hermana pequeña María de las Mercedes.

Lutgarda posee una sólida formación religiosa, pertenece a varias asociaciones religiosas, tiene sus devocionarios y libros de instrucción religiosa. En cierta manera se podría decir que es una mujer privilegiada.

Pero, ¿y las mujeres obreras? ¿ y esas adolescentes, todavía unas niñas, que ya forman parte del mundo del trabajo, con una remuneración de hambre?. Cierto que el mundo obrero se mueve, presenta sus reivindicaciones y poco a poco algo se va consiguiendo en el orden económico, en la duración de las jornadas de trabajo, salarios, derechos de asociación etc. Pero de la enseñanza religiosa, ¿quién se preocupa?. Esas adolescentes, casi niñas, que pasan la jornada en la fábrica, como un engranaje más de la cadena. ¿qué aprenden? ¿en qué emplean sus escasas horas libres?.

La situación de la mujer preocupa seriamente a Lutgarda y aviva su celo apostólico. Tiene que hacer algo que contribuya a la solución que reclaman estas injusticias sociales.

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En la oración consolida su vocación mercedaria. Se aproxima el año 1858. Lutgarda ha sido espectadora de las revoluciones sociales, está viendo lo alejado que está la clase obrera y, especialmente la mujer, de la instrucción pública, y en consecuencia de la formación religiosa adecuada. 

Lutgarda no es una espectadora pasiva. Lutgarda se ha dado cuenta de que a la mujer no le queda otra forma de llevar a la práctica su vocación social y benéfica que la de incorporarse a los institutos religiosas permitidos, precisamente por su finalidad educativa y social, o fundar institutos nuevos, algo que no era fácil por la falta de una legislación orientadora.

Hasta que llegó el momento de actuar, Lutgarda tiene a su alcance algo que no le puede fallar en su doble deseo de asistir a las necesidades de la mujer trabajadora y de cumplir la voluntad de Dios: la ORACIÓN.

En la oración conjuga las dimensiones mística y apostólica de su incipiente vocación mercedaria.

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Lutgarda es una mujer inteligente que, como hemos visto, ha crecido en el seno de una familia de convencimientos cristianos muy arraigados con un sentido de la justicia, la caridad y la generosidad. De su familia aprende el valor de la constancia, el trabajo, la perseverancia, la capacidad de sacrificio, la entrega a los demás, el amor a la virgen, etc.

Confiaba que Barcelona no podía estar mucho más tiempo sin una comunidad femenina mercedaria. Se anima a medida que va teniendo noticias del número de institutos religiosos femeninos que van surgiendo a partir del concordato entre la Santa Sede y España (1851). Lutgarda sabe esperar. Piensa que, antes o después, a alguien se le ocurrirá su misma idea y la llevará a efecto: Barcelona tendrá su comunidad de Religiosas Mercedarias de la Enseñanza.

Sigue con sumo interés la reestructuración de la vida religiosas en la diócesis con formas antiguas y nuevas: unas conservaban la clausura papal y los votos solemnes; otras, no. Todas se caracterizaban por su dedicación a la enseñanza o a otras obras asistenciales.

Lutgarda va reflexionando sobre la finalidad apostólica de la Orden de la Merced desde su fundación, en 1218, siglo XIII, hasta el siglo XIX: visitar y liberar a los cautivos cristianos en poder de los enemigos.

Lutgarda lo había entendido bien: el programa señalaba un campo de trabajo: visitar, liberar (Lc 1, 68-79)
Desde está referencia evangélica, la Orden fundada por Pedro Nolasco no queda reducida a la liberación de cautivos en una sociedad esclavista, ni a la liberación de cautivos en todo tipo de sociedad, sino que puede proyectarse a otras formas de cautividad. Lutgarda que bajo su apariencia sencilla de joven mujer del siglo XIX, que no sabe más que realizar las tareas del hogar y rezar, rezos rutinarios para elevarse con consideraciones místicas que la unen al mismo divino, sobre todo por la mediación de María, a la que acude , postrándose de rodillas, ante su venerada imagen de la Merced.

En estos largos ratos de meditación profunda, empieza a asociar la situación social y religiosa concreta de la mujer del siglo XIX con la opresión y cautividad del siglo XIII, que llevó a Nolasco a la fundación de la orden de la Merced.

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En la predicación de algún mercedario oyó la palabra clave: LIBERAR. Pero ¿de qué? De cualquier estado de cautividad que pueda aparecer en la sociedad.

Lutgarda reflexiona: a la mujer, en la sociedad actual, sólo se le concede una ciudadanía de segunda categoría. Está condenada a no poder desarrollar las capacidades de que Dios le ha dotado, es decir, está condena a vivir privada de realizarse plenamente como ser humano. Esto es una cautividad. Liberar a las mujeres de la ignorancia a la que están sometidas, procurándoles los medios para que reciban una educación y una instrucción adecuada y progresiva, es una dedicación que cabe dentro de la acción mercedaria.

En la Iglesia de la Merced vive sus momentos místicos. Sus ojos se vuelven con frecuencia hacia el altar que conserva el cuerpo incorrupto de Santa María de Cervelló, fundadora de la comunidad de Religiosas de la Merced, después de que la Orden, en el capítulo general de Tarragona, en 1260, decidieran dar entrada a la mujer en la familia mercedaria. Su finalidad: conjugar la contemplación con la prestación de algunos servicios en la ayuda de la obra de la redención de cautivos.

Lutgarda traduce aquella presencia del cuerpo incorrupto de santa María de Cervelló como un signo de que la obra de Cervelló no ha desaparecido del todo. Parece que, en silencio, está pidiendo la perseverancia de su vocación mercedaria, adaptándola a las necesidades de la sociedad del siglo XIX. En el ánimo de Lutgarda palpita su vocación mercedaria, sustituyendo la redención de cautivos por la liberación de la mujer por medio de la enseñanza.

Lutgarda vive una fuerte experiencia mística, ella a pesar de todos sus anhelos mercedarios, nunca había pensado ser ella la iniciadora de la restauración de la rama femenina de la Orden de la Merced, que fundara Santa María de Cervelló, de repente comprende claramente que es ella quien debe hacerlo. Y debe hacerlo porque así lo quiere y se lo encargado la virgen María de la Merced. Y le ha precisado más: debe dirigirse al mercedario exclaustrado padre Pedro Nolasco Tenas, quien será el encargado de dirigir todo el proceso de la fundación.

Después de tanta insistencia el padre Tenas ya no vaciló, sino que aceptó. Lutgarda salta de gozo, está feliz. En la cuarta visita al padre Tenas, éste le asegura que acepta el encargo pero que el proyecto está cargado de dificultades, entre otras la falta de locales y medios para comprarlos. Mientras el padre Tenas expresa en voz alta su desesperanza y siente temor ante lo desconocido. Lutgarda se contesta a sí misma y al padre Tenas con una frase que ha perdurado hasta el día de hoy, como un lema “Dios y Nuestra Santísima Madre proveerán”
Lutgarda, la que tuvo la experiencia mística, con intervención de la virgen de la Merced y que ella interpretó como voluntad divina de restauración de las Religiosas Mercedarias en Barcelona; a cuyo empeño, tesón, tenacidad y constancia y, sobre todo, humildad y capacidad de sufrimiento, se debe la fundación de las Terciarias Mercedarias, de cuyo grupo fundador no pudo formar parte, por estar acompañando a su madre muy enferma, pero ella estaba muy unida a grupo de sus hermanas fundadoras.

Lutgarda cumplido el sagrado deber de prestar a su madre la asistencia que necesitaba en su larga enfermedad, hasta el momento de su tránsito de esta vida; cumplidos también todos sus deberes cívicos, a los 10 días firmado su testamente, el 22 de abril de 1861 vuela a San Gervasio, para comenzar el corto período de Postulantado, previo al Noviciado, con el que inicia oficialmente su vida religiosa que, personalmente, ya venía viviendo desde hacía tiempo. Cuando Lutgarda entra en el Noviciado, aquel 22 de abril de 1861, se encuentra en la comunidad, que la recibe, con las cinco primeras hermanas que ella tanto conocía y quería; con las que había compartido sus inquietudes, sus anhelos, sus esfuerzos y, sin duda, también había comentado con ellas, con la mayor humildad, su experiencia mística, aquellos encuentros reiterados con la Ntra. Santísima Madre.

Lutgarda, con su tenacidad consiguió que se convirtiera en realidad tangible la inspiración divina, viste la esclavina, y con el grupo, como una postulante más, pasa el período de formación prescrito, antes de vestir el santo hábito blanco, tanto tiempo deseado.

En medio de tantas alegrías comunitarias, las fuerzas de sor María de Dolores su nombre de religiosa, empiezan a decaer. “Sus ojos pierden brillo, una tosecilla persistente la molesta, cada día, con más frecuencia. Su oración, plena se dirigía a nuestra Santísima Madre con está palabras: Madre, yo no tengo nada que hacer. Lo que me encargaste está cumplido. Barcelona tiene una comunidad de Religiosas Mercedarias, continuadoras de la obra de Santa María de Cervelló, adaptada a las necesidades de la sociedad actual”. Todas sus hermanas desean que se cure, pero su enfermedad se agrava, estando ya muy grave, estrena la fórmula de profesión de las primeras constituciones aprobadas en 1862. Lutgarda (Sor María Dolores) fallece el día 09 de agosto de 1862, el estupor que su muerte causa entre las hermanas se expresa de un visible sentimiento de pena y también del vecindario de San Gervasio que asistió a sus funerales, fue sepultada en el cementerio común de San Gervasio y en el nicho que su familia le compró.