mercedarias

Éxodo 3, 4 – 12

Yavé vio que Moisés se acercaba para mirar, y Dios lo llamó de en medio de la zarza: “Moisés, Moisés”.  Él respondió: “Aquí estoy”.  Yavé le dijo: “No te acerques más.  Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada”.  Y Dios agregó: “Yo soy el Dios de tus padres.  El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. 

Moisés se tapó la cara, porque tuvo miedo de que su mirada se fijara sobre Dios.  Yavé dijo: “He visto la humillación de mi pueblo en Egipto y he escuchado sus gritos cuando lo maltratan sus mayordomos.  Yo conozco sus sufrimientos.  He bajado para librarlo del poder de los egipcios y para hacerlo subir de aquí a un país grande y fértil, a una tierra que mana leche y miel.

Ve, pues, yo te envío a Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel”. Moisés dijo a Dios: “¿Quién soy yo para ir donde Faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?” Dios respondió: “Yo Estoy contigo, y ésta será para ti la señal de que yo te he enviado: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, ustedes vendrán a este cerro y me dará culto aquí”.


Lucas 1, 46 – 56

Celebra todo mi ser la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en el Dios que me salva, porque quiso mirar la condición humilde de su esclava, en adelante, todos los hombres  dirán que soy feliz.  En verdad el Todopoderoso hizo grandes cosas para mí, reconozcan que Santo es su Nombre que sus favores alcanzan a todos los que le temen y prosiguen en sus hijos.

 Su brazo llevó a cabo hechos heroicos, arruinó a los soberbios con sus maquinaciones. Sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes; Repletó a los hambrientos de todo lo que es bueno y despidió vacíos a los ricos.

De la mano tomó a Israel, su siervo, demostrándole así su misericordia. Esta fue la promesa  que ofreció a nuestros padres y que reservaba a Abraham y a sus descendientes para siempre.  María se quedó cerca de tres meses  con Isabel, y después volvió a su casa. 

 

Lucas 4, 14 – 21

El Espíritu del Señor está sobre mí.  El me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver.  A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor. Jesús, entonces, enrolla el libro, lo devuelve al ayudante y se sienta.  Y todos los presentes tenían los ojos fijos en él.  Empezó a decirles: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar”.

 

Mateo 25, 31 – 46

Entonces el Rey dirá a los que están a la derecha: “¡Vengan, los bendecidos por mi Padre! Tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo.  Porque tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber.  Pasé como forastero y ustedes me recibieron en su casa.  Anduve sin ropas y me vistieron.  Estaba enfermo y fueron a visitarme.  Estuve en la cárcel y me fueron a ver”.

Entonces los buenos preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer; sediento y te dimos de beber, o forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos?  ¿Cuándo te vimos enfermo en la cárcel, y te fuimos a ver?  El Rey responderá: “En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo.

Al mismo tiempo, dirá a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí, vayan al fuego eterno que ha sido destinado para el diablo y para sus ángeles!  Porque tuve hambre y no me dieron de comer, porque tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; no tenía ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron”. Aquellos preguntarán también: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?” 

El Rey les responderá: “En verdad les digo que siempre que no lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, conmigo no lo hicieron.  Y éstos irán al suplicio eterno, y los buenos a la vida eterna”.

 

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